A veces los pequeños problemas cotidianos hacen que salga de nosotras nuestra parte más creativa y adaptable, haciendo, como dice el refrán: "de necesidad virtud".
El otro día me pasó algo así.
Fue a nadar a una piscina municipal de Madrid (por cierto, te quiero Madrid, por tener piscinas tan baratas) y al sacar mis cosas de la mochila nadadora me di cuenta de que se me habían olvidado las chanclas.
Considerada la cantidad de barro peludo que cubría el suelo, la de ir descalza se podía considerar sin exageraciones una idea suicida.
Sin dejar que cundiera el pánico y la desesperación, decidí aprovechar algo que aprendí en mis meses africanos, "to think in the african way" (pensar a la manera africana). Me esforcé en imaginar qué haría en una situación de emergencia (todo es relativo) alguien acostumbrado a vivir sin chanclas o zapatos y de repente lo vi: vi la solución más simple, funcional y redonda que pudiera arreglar mi terrible "drama" de ciudadana del norte.
Sin pensarlo mucho, le pedí a una señora una bolsa de plástico, y justo tenía una que aunque muy pequeña (pensada para llevar como como mucho un libro de unas 200 páginas) le valió a mi pie tamaño "hobbit".
Así, rompí la bolsa en dos partes, hice dos nudos a los extremos de cada parte y mágicamente di forma a un par de chanclas modernas, funcionales y muy ligeras.
Después de casi una hora nadando, las chanclas lucían su esplendor a la orilla de la piscina, vi un par de tíos muy a la moda, con bañadores estilo leopardo y accesorios en tinta con el leopardo, que observaban mi creación comentando con tonos y aires de críticos de arte newyorkinos.
Así, bajo un impulso callejero al estilo "Roma caput mundi" me acerqué para preguntarle qué pasaba (¿tienes algún problema tío?) y casi me ahogo del asombro cuando escucho sus hiperbólicas alabanzas a mi obra pop-art: "Estas chanclas son obra de un genio" - ehm ehm, las hice yo - "¡Qué no las vea un estilista que te roba la idea y la vende por miles de euros!"
Después de soltar con elegancia mi declaración política: "mi creatividad sólo sale bajo licencia CC (creative commons)" empezó a montar en mí un huracán de pensamientos y preguntas.
¿Basura y arte pueden ser lo mismo? ¿Existe el arte hoy en día?
Las preguntas se quedaron sin respuesta pero un certeza se fue a poco a poco asomando a mi cabeza con la potenza esclarecedora de un amanecer: el pensamiento genuino, libre de esquemas, sin axiomas culturales o estructurales es algo tan raro que vale mucho: cuanto más escaso más vale.
A tal punto se ha acostumbrado nuestro celebro a moverse en un mundo de objetos pre-confeccionados, cuyas funciones son sólo y únicamente las que están escritas en la libreta de instrucciones (¡que no se te ocurran otras que te quedas ciego!), que la imaginación ya no sale de la caja ni para darse un paseo.
Sí, se trata de volver a inventar (en realidad redescubrir) lo que simplemente funciona ahora, aquí.
Nuestro pasado enseña.
África enseña.
El otro día me pasó algo así.
Fue a nadar a una piscina municipal de Madrid (por cierto, te quiero Madrid, por tener piscinas tan baratas) y al sacar mis cosas de la mochila nadadora me di cuenta de que se me habían olvidado las chanclas.
Considerada la cantidad de barro peludo que cubría el suelo, la de ir descalza se podía considerar sin exageraciones una idea suicida.
Sin dejar que cundiera el pánico y la desesperación, decidí aprovechar algo que aprendí en mis meses africanos, "to think in the african way" (pensar a la manera africana). Me esforcé en imaginar qué haría en una situación de emergencia (todo es relativo) alguien acostumbrado a vivir sin chanclas o zapatos y de repente lo vi: vi la solución más simple, funcional y redonda que pudiera arreglar mi terrible "drama" de ciudadana del norte.
Sin pensarlo mucho, le pedí a una señora una bolsa de plástico, y justo tenía una que aunque muy pequeña (pensada para llevar como como mucho un libro de unas 200 páginas) le valió a mi pie tamaño "hobbit".
Así, rompí la bolsa en dos partes, hice dos nudos a los extremos de cada parte y mágicamente di forma a un par de chanclas modernas, funcionales y muy ligeras.
Después de casi una hora nadando, las chanclas lucían su esplendor a la orilla de la piscina, vi un par de tíos muy a la moda, con bañadores estilo leopardo y accesorios en tinta con el leopardo, que observaban mi creación comentando con tonos y aires de críticos de arte newyorkinos.
Así, bajo un impulso callejero al estilo "Roma caput mundi" me acerqué para preguntarle qué pasaba (¿tienes algún problema tío?) y casi me ahogo del asombro cuando escucho sus hiperbólicas alabanzas a mi obra pop-art: "Estas chanclas son obra de un genio" - ehm ehm, las hice yo - "¡Qué no las vea un estilista que te roba la idea y la vende por miles de euros!"
Después de soltar con elegancia mi declaración política: "mi creatividad sólo sale bajo licencia CC (creative commons)" empezó a montar en mí un huracán de pensamientos y preguntas.
¿Basura y arte pueden ser lo mismo? ¿Existe el arte hoy en día?
Las preguntas se quedaron sin respuesta pero un certeza se fue a poco a poco asomando a mi cabeza con la potenza esclarecedora de un amanecer: el pensamiento genuino, libre de esquemas, sin axiomas culturales o estructurales es algo tan raro que vale mucho: cuanto más escaso más vale.
A tal punto se ha acostumbrado nuestro celebro a moverse en un mundo de objetos pre-confeccionados, cuyas funciones son sólo y únicamente las que están escritas en la libreta de instrucciones (¡que no se te ocurran otras que te quedas ciego!), que la imaginación ya no sale de la caja ni para darse un paseo.
Sí, se trata de volver a inventar (en realidad redescubrir) lo que simplemente funciona ahora, aquí.
Nuestro pasado enseña.
África enseña.
