Hay un vídeo del 15M que vi hace un par de semanas que me gustó porque hacía rodar en el ciberespacio una pregunta muy estimulante:
Creo que desde este día, en realidad desde toda la vida, todavía no he encontrado una respuesta convincente. Porque desde luego la primera respuesta que se nos ocurre es" no, no se puede estar bien en un mundo enfermo" pero luego el hecho de que esté aquí o allí preguntándomelo me hace llegar a la conclusión que es mejor que me lo piense un poco más.
Hoy estaba en e metro, volviendo a casa después de dos o 3 semanas de intenso trabajo, por fin mañana descansaré y de ahí hasta el lunes que viene. Con el humor en el que parece que el tiempo terminará en el momento en que cruzaremos triunfantes la puerta de casa o del bar de turno, iba yo, aguantando el ritmo frenético de la ciudad que zumbaba a mi alrededor y así asistí a la escena que sigue.
Un hombre de unos 65-70 años, bien vestido y con un bastón para apoyarse, entró en el metro gritando: " UNA AYUDA PARA COMER, UNA AYUDA PARA COMER". Empezó a caminar por todos los vagones (en un convoy donde estaban todos juntos) repitiendo en voz seriamente alta aquella frase. Llegado al final del vagón dio la vuelta y siguió otra vez hasta el otro cabo del convoy y otra vez me pasó delante, delante de mí y de la compuesta indiferencia de toda la gente ahí bien sentada.
Cuando el hombre empezó su tercera vuelta hacia mí, su voz había bajado de tono y se oía algo quemada, como consumida por la recitación continua de la letanía, me cogió una gran tristeza y el recelo inicial con el que había reaccionado a su explosiva intrusión se convirtió en profundo dolor: rompí a llorar.
Lloré porque creí que si tenía tanta insistencia era porque de verdad necesitaba ayuda para comer, y aunque así no fuese, no creo que disfrutara haciéndolo. Lloré por el copago sanitario, lloré por la falta de un lugar donde los mayores se sientan acogidos, valorados, no inútiles y viejos. Lloré, debajo de mis gafas negras de ciudadana integrada y le di un euro para que se callara. Se calló, con un sólo euro en toda esta actuación se conformó. Sin embargo mi corazón no se calló, bajé del metro y seguí llorando.
Lloré la injusticia que respiramos cada día, en esta crisis financiera, antes y después de ella, desde que existen las sociedades de los hombres, el pacto social en el que una multitud entrega su poder a unos pocos para que le se le proporcione supuesta protección y supuestos servicios.
Lloré para Etiopía, el cuerno de áfrica, Níger, la guerra en RD Congo, la destrucción de Pakistán el absurdo drama del ESTADO PALESTINO y todo lo olvidado, las invisibles aberraciones que manchan la tierra cada momento, como gotas de lluvia de sangre.
Luego lloré mi impotencia, mi inutilidad y la dolorosa contradicción que me atraviesa la carne viva al trabajar en una ONG cuando veo con mucha claridad que las acciones y proyectos que la mayoría de las ONG desarrollan no proveen soluciones, no aportan ayuda que realmente sirva a mejorar este absurdo, des-orden global; todo lo contrario, crean más y más dependencias y esperanzas traicionadas, retrasan el desarrollo autóctono y lo vinculan a secretos (o no) intereses económicos y políticos.
Luego las lagrimas dejaron de salir porque se acabaron las gotas de agua, pero sigo llorando dentro, sigo pensando que hace falta tener un estomago de hierro para estar bien en este mundo enfermo.
Considero la indiferencia una enfermedad. Un sistema de protección que previene de la locura y que sirve como herramienta de emergencia en los momentos críticos. En los momentos críticos, no todo el rato.
La única manera que encuentro para no quedarme paralizada con los ojos abiertos mirando a la amarga, escalofriante realidad, es actuando de continuo sin parar, actuar en dirección contraria a la del mundo enfermo, este tumor global que se ha ya expandido en buena parte del planeta. Contrarrestar su crecimiento con cada acción que cumpla (aún en organizaciones y sociedades eminentemente corruptas) intentando así expandir el decrecimiento del tumor a más y más células.
No se si así es cómo se conseguirá revertir el des-orden mundial pero al menos yo no estaré colaborando para su expansión dentro de mí y a mi alrededor.
¿A este se le llama "resistencia"?
¡Que resistencia global sea entonces!
¿Se puede estar sano en un mundo enfermo?
Creo que desde este día, en realidad desde toda la vida, todavía no he encontrado una respuesta convincente. Porque desde luego la primera respuesta que se nos ocurre es" no, no se puede estar bien en un mundo enfermo" pero luego el hecho de que esté aquí o allí preguntándomelo me hace llegar a la conclusión que es mejor que me lo piense un poco más.
Hoy estaba en e metro, volviendo a casa después de dos o 3 semanas de intenso trabajo, por fin mañana descansaré y de ahí hasta el lunes que viene. Con el humor en el que parece que el tiempo terminará en el momento en que cruzaremos triunfantes la puerta de casa o del bar de turno, iba yo, aguantando el ritmo frenético de la ciudad que zumbaba a mi alrededor y así asistí a la escena que sigue.
Un hombre de unos 65-70 años, bien vestido y con un bastón para apoyarse, entró en el metro gritando: " UNA AYUDA PARA COMER, UNA AYUDA PARA COMER". Empezó a caminar por todos los vagones (en un convoy donde estaban todos juntos) repitiendo en voz seriamente alta aquella frase. Llegado al final del vagón dio la vuelta y siguió otra vez hasta el otro cabo del convoy y otra vez me pasó delante, delante de mí y de la compuesta indiferencia de toda la gente ahí bien sentada.
Cuando el hombre empezó su tercera vuelta hacia mí, su voz había bajado de tono y se oía algo quemada, como consumida por la recitación continua de la letanía, me cogió una gran tristeza y el recelo inicial con el que había reaccionado a su explosiva intrusión se convirtió en profundo dolor: rompí a llorar.
Lloré porque creí que si tenía tanta insistencia era porque de verdad necesitaba ayuda para comer, y aunque así no fuese, no creo que disfrutara haciéndolo. Lloré por el copago sanitario, lloré por la falta de un lugar donde los mayores se sientan acogidos, valorados, no inútiles y viejos. Lloré, debajo de mis gafas negras de ciudadana integrada y le di un euro para que se callara. Se calló, con un sólo euro en toda esta actuación se conformó. Sin embargo mi corazón no se calló, bajé del metro y seguí llorando.
Lloré la injusticia que respiramos cada día, en esta crisis financiera, antes y después de ella, desde que existen las sociedades de los hombres, el pacto social en el que una multitud entrega su poder a unos pocos para que le se le proporcione supuesta protección y supuestos servicios.
Lloré para Etiopía, el cuerno de áfrica, Níger, la guerra en RD Congo, la destrucción de Pakistán el absurdo drama del ESTADO PALESTINO y todo lo olvidado, las invisibles aberraciones que manchan la tierra cada momento, como gotas de lluvia de sangre.
Luego lloré mi impotencia, mi inutilidad y la dolorosa contradicción que me atraviesa la carne viva al trabajar en una ONG cuando veo con mucha claridad que las acciones y proyectos que la mayoría de las ONG desarrollan no proveen soluciones, no aportan ayuda que realmente sirva a mejorar este absurdo, des-orden global; todo lo contrario, crean más y más dependencias y esperanzas traicionadas, retrasan el desarrollo autóctono y lo vinculan a secretos (o no) intereses económicos y políticos.
Luego las lagrimas dejaron de salir porque se acabaron las gotas de agua, pero sigo llorando dentro, sigo pensando que hace falta tener un estomago de hierro para estar bien en este mundo enfermo.
Considero la indiferencia una enfermedad. Un sistema de protección que previene de la locura y que sirve como herramienta de emergencia en los momentos críticos. En los momentos críticos, no todo el rato.
La única manera que encuentro para no quedarme paralizada con los ojos abiertos mirando a la amarga, escalofriante realidad, es actuando de continuo sin parar, actuar en dirección contraria a la del mundo enfermo, este tumor global que se ha ya expandido en buena parte del planeta. Contrarrestar su crecimiento con cada acción que cumpla (aún en organizaciones y sociedades eminentemente corruptas) intentando así expandir el decrecimiento del tumor a más y más células.
No se si así es cómo se conseguirá revertir el des-orden mundial pero al menos yo no estaré colaborando para su expansión dentro de mí y a mi alrededor.
¿A este se le llama "resistencia"?
¡Que resistencia global sea entonces!