¡Qué momento!
Como cuando tenía 16 años y solía apuntar en un diario en papel todo lo que más tocaba las cuerdecitas más profundas y sensibles de mi alma.
El móvil da señales de cansancio, se acaba la batería, apago GPS y Wi-Fi y me decido a dejar que mi instinto me guíe por el resto de la noche, sí, este instinto que siempre he seguido y que me ha conducido a aventuras imprevistas y al límite entre realidad y sueño.
Sigo el flujo lento y constante del río que fluye hacia el mar.
Huele a sal y deja soñar amplios espacios de mares abiertos ricos de peces.
Un cartel que pone: Bilbao --->Bournemouth, llena el momento de un inexplicable olor a norte lejano, atractivo, desconocido, misterio marino inexplorado.
Aunque recuerdo Bournemouth como una ciudad bastante triste, gris y cuadrada.
Mejor visión es la ilusión.
Sigo por el río, a sus orillas está el Guggenheim rodeado de una lámina de agua y encimado por un puente colosal que juega con asimetrías perfectamente desequilibradas, arte metropolitano, ingeniería vanguardista. No importa si esta definición es apropiada o no, el efecto final es asombroso y brilla de luce propia hasta.Un grupo de turistas se hace fotos oblicuas imitando a las estructuras oblicuas, aún así, las fotos resultan ser de una banalidad descomunal, es fácil imaginarlas.
A lo lejos una música me cautiva el alma y me llama a si.
Me dirijo hacia ella y me siento en un banco del parke inglés.
El momento es único, la música es pura y cristalina y fluye a mi lado, igual que el río.
Un grupo de 4 instrumentos toca jazz y es uno de estos grupos que lo saben todo. Resuena Night & Day en el aire. La performance me sorprende porque consigue no banalizar un tema tan conocido sin necesariamente incluir virtuosismos que te quitan el hambre y el sueño.
Me acerco siempre más, la música me envuelve, cambio de mesa 3 veces hasta encontrarme prácticamente dentro de un altavoz.
Estoy ahí en el centro de la escena, donde justo había quedado esta mesita libre, la más afortunada porque es la única que te permite absorber cada nota que la band libera en el aire con un don que sólo los buenos músicos tienen: crear nuevas magias utilizando viejos sonidos.
Mientras tanto, una briza ligera que llega del río acompaña las notas del brazo. El momento es perfecto: brilla esta ciudad como una estrella, libre y consciente de su encanto europeo.
Con una cerveza en la mano tomo sorbitos, disfrutando cada instante de esta perfecta sinuosa armonía entre música, espacio exterior y mi humor.
Como una adolescente a su primera salida nocturna.



